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Ana, la encuestadora más longeva de Bogotá

Bogotá, 8 de agosto de 2017.- Sus ojos grises revelan parte de un secreto que solo conocen algunos miembros de su familia y que ella guarda como un tesoro: ser la encuestadora más longeva de Bogotá y, tal vez, de Colombia. Su cédula muestra lo que su rostro esconde. En el plástico se lee que nació el 20 de diciembre de 1946, cuando la capital intentaba reconstruirse después del bogotazo.

A pesar de su edad y de que algunos consideran que el oficio de encuestador solo es para los jóvenes, a sus 70 años Ana inés Rodríguez recorre todos los días las calles de la capital para recolectar datos. Una labor que otros no estarían dispuestos a realizar debido a los riesgos de las calles y las largas caminatas.

Lo que otros ven como un infortunio, para ella es una recompensa que califica de terapéutica. “Caminar y hablar con los transeúntes me mantiene activa y mejora la diabetes que me diagnosticaron en 2009”, asegura Ana.

“A pesar de los años que tengo me siento con los ánimos de trabajar, de servirle a alguien”, dice mientras ubica una dirección en el barrio Los Cerezos de la localidad de Engativá en Bogotá, durante una jornada de trabajo como integrante del grupo de encuestadores Encuesta a Establecimientos Económicos Bogotá Región 2017, que realiza el Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional.

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“Yo vivo agradecida con la Universidad Nacional y las otras entidades, ellos no se han fijado en mi edad sino en mi experiencia”, destaca esta bogotana, madre de dos hijos y abuela de tres nietos.

Su entusiasmo por el trabajo es reconocido por sus compañeros. La coordinadora de campo de la Encuesta del CID de la Universidad Nacional, Mónica Serrato, asegura que “ella no se queja por dolores en el cuerpo, cansancio u otro tipo de avatares que supuestamente dejan los años. Por el contrario, es cumplidora de su labor, entrega a tiempo los resultados, es una de las más trabajadoras y no pone peros”.

Sus compañeras de grupo, que podrían pasar por sus nietas, aunque también reconocen su labor tienen una queja: “Ana no nos ha querido revelar sus secretos de belleza para evitar que el paso del tiempo no deje huellas en el rostro”, aseguran entre risas

La vida de Ana no se diferencia de la de muchos de los bogotanos dedicados a trabajar y estudiar. Tras salir a los 17 años del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), y con un diploma debajo del brazo, entró a trabajar en una fábrica de calzado, luego ocupó otros puestos en varias empresas en el área que dice ella “hoy llaman recursos humanos”.

En el año 2000 empezó a hacer encuestas luego de que se quedara sin trabajo. Desde ese entonces no ha parado de trabajar en la recolección de datos para entidades del Distrito, el Departamento de Estadística Nacional (DANE) y para la Universidad Nacional de Colombia.

Ana Rodríguez

Desde el año 2000 Ana Cecilia trabaja como encuestadora.  

Como pez en el agua

¿No cree que hay una edad en la que debe dejar de trabajar? La pregunta la inquieta por algunos segundos, pero luego responde con seguridad que sí, que es cierto, que una persona que trabajó toda su vida debería descansar, pero “para qué quedarse en casa, si puedo trabajar”, responde contundente.

Nada impide que doña Ana ejerza su trabajo. Ni siquiera la tecnología que ahora es vital para realizar el oficio de encuestador. Con sus dedos delgados y morenos se mueve como pez en el agua en la tableta asignada y en la que ubica mapas, maneja bases de datos y guarda sus reportes.

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“En el trabajo manejé máquinas de escribir, luego computador. Hoy en día la tecnología es indispensable, cuando tengo alguna duda… pues pregunto”, dice con voz de quién tiene la convicción de que el mundo evoluciona.

El trabajo le ha puesto en situaciones difíciles. Como la vez que tuvo que encuestar habitantes de calle para el Distrito, ahora cuenta que es de las actividades que más disfruta. “Yo me siento con ellos, me van contando sus problemas y ahí va uno anotando”.

“En el trabajo manejé máquinas de escribir, luego computador. Hoy en día la tecnología es indispensable, cuando tengo alguna duda… pues pregunto”, dice con voz de quién tiene la convicción de que el mundo evoluciona.

El trabajo le ha puesto en situaciones difíciles. Recuerda que tuvo que encuestar habitantes de calle para el Distrito, ahora cuenta que es de las actividades que más disfruta. “Yo me siento con ellos, me van contando sus problemas y ahí va uno anotando”.

“Para la encuesta de la Universidad Nacional habló con pequeños comerciantes, propietarios de panaderías, talleres de mecánica o comerciantes dedicados a las ventas o a la prestación de servicios, y es una labor que disfruto”, resalta.

En los años en lo que ha ejercido su oficio solo tiene una frustración. “A veces las personas no dejan hablar… no dejan explicar cuál es la razón por la cual uno los está visitando. Yo me acostumbre, uno al final dice ¡qué carambas!, y seguimos adelante”.

A la familia de esta abuela no le gusta la idea de que ella salga a trabajar. En su casa le dicen que se quede quieta, pero son incapaces de detenerla porque ella lanza un argumento infalible: “no me quiero enfermar”. Otra de las razones es el dinero extra que no sobra y que ahora tras una calamidad familiar, que prefiere no comentar, lo necesita más que nunca.

ES/SSO – ED/JSJ